
Antes de que las sillas dejen de estar vacías, de que las cartulinas tengan color y el espacio se llene de ruido, música, risas y juegos, Samuel Coronado vive un proceso distinto. Una facilitación no solo ocurre en el auditorio o frente al grupo; tampoco está únicamente en la planilla de excel o en los documentos que complementan el espacio. Empieza días antes, en un proceso silencioso donde la reflexión, el cuidado y la atención giran alrededor de una pregunta fundamental: ¿para qué nos vamos a encontrar?

«Samu», como prefiere ser llamado en su vida diaria y, sobre todo, en estos espacios, siempre está atento a que el objetivo sea el hilo conductor de cada proceso. La metodología es muy importante, claro, pero él no la ve como una casilla por rellenar en el plan de trabajo. La entiende más bien como una brújula que acompaña cada decisión. Puede ofrecer un norte, pero no un punto exacto. Trabajar con personas hace imposible seguir un paso a paso milimétrico. Por eso, la brújula —el objetivo— permanece antes, durante y después de cada encuentro.

Antes de que el espacio cobre vida, Samu necesita una noche tranquila, una comida ligera y el placer suficiente para no quedarse revisando la planeación una y otra vez. Busca sentirse cómodo consigo mismo para que, si comparte el proceso con una cofacilitadora o un cofacilitador, la conexión entre quienes acompañan el espacio siga la misma dirección que se han propuesto para el grupo. También procura no sumergirse demasiado pronto en los procesos que aún están lejos en el calendario.

«Si empiezo a pensar demasiado pronto en lo que va a suceder, corro el riesgo de desgastarme antes de tiempo», explica.
Por eso suele concentrar la planeación más intensa cuando faltan apenas tres o cuatro días para el encuentro, (incluso horas antes.. Es entonces cuando el taller deja de ser una idea abstracta y adquiere una presencia concreta. Los ejercicios, las preguntas, los marcos teóricos y las reflexiones comienzan a encajar entre sí. Poco a poco, todo cobra sentido.
Con los años ha comprendido que cada persona facilitadora encuentra sus propios ritmos. El suyo requiere cercanía. Necesita sentir que el encuentro está próximo para conectar auténticamente con él. Pero existe otro elemento que considera tan importante como el objetivo: las personas.
«Una vez comienza el encuentro, las personas se convierten en mi prioridad. Son ellas quienes, a través de sus palabras, sus gestos, sus cuerpos y sus formas de relacionarse, van mostrando qué necesitan, qué desean y cómo están habitando ese momento. A partir de ahí empiezo a trabajar. No se trata de abandonar la planeación por capricho, sino de sostener con claridad el objetivo y permitir que el proceso encuentre su propia forma de desarrollarse.»

Por eso la previa ocupa un lugar central en su manera de facilitar. No se refiere únicamente a los minutos anteriores al inicio de una actividad, sino a una disposición más profunda: una actitud de apertura que le permita reconocer quiénes son las personas que tiene delante, cuáles son sus expectativas, qué preocupaciones las acompañan y desde qué realidades llegan al espacio.
Esa búsqueda de conexión también atraviesa la planeación. Al diseñar cada metodología intenta crear oportunidades para que exista un encuentro genuino entre las personas y el proceso que están viviendo. Cuando esa conexión no ocurre, siente que algo esencial se pierde.
«He visto espacios donde todo gira alrededor del hacer, del cumplimiento de metas o de alcanzar resultados rápidamente», cuenta. «Pero muchas veces allí no existe un puente humano entre quienes facilitan y quienes participan.»
Para él, esa ausencia también es una forma de descuido. Por eso, sin importar si se trata de una actividad de una hora o de un proceso de varias semanas, procura reservar tiempo para que las personas puedan reconocerse, sentirse escuchadas y habitar el espacio desde su propia experiencia.
Curiosamente, es en ese momento donde ocurre algo que podría parecer contradictorio: una vez inicia la facilitación, la planeación deja de ocupar el centro.
Después de dedicar horas a construirla, decide soltarla.
Las personas pasan a ocupar ese lugar. Sus palabras, sus silencios, sus emociones, sus movimientos corporales y las relaciones que construyen entre sí empiezan a ofrecer información más valiosa que cualquier agenda previamente diseñada. Es a partir de esas señales que toma decisiones y ajusta el camino.
Lo importante no es completar cada actividad programada, sino identificar qué necesita el grupo para acercarse a esa brújula que orienta el espacio. En esa capacidad de escuchar lo que emerge encuentra el verdadero sentido de la facilitación.
Facilitar consiste en crear las condiciones para que las personas puedan conectarse consigo mismas, reflexionar sobre sus experiencias y descubrir nuevas formas de comprender lo que viven. Muchas veces, aquello que una persona termina explorando durante un encuentro es completamente distinto de aquello con lo que llegó. Lejos de considerarlo un problema, Samu lo entiende como una de las mayores riquezas de estos procesos.

Facilitar implica estar conscientes de las emociones que circulan, a las historias que aparecen, a las dinámicas que se transforman y a las experiencias que encuentran un lugar para expresarse. Consiste, sobre todo, en reconocer que cualquier proceso de aprendizaje o transformación ocurre entre personas y que la herramienta más valiosa de quien facilita no siempre es una metodología, una presentación o una técnica.
A veces, es simplemente la capacidad de estar presente.
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