En El Totumo, Necoclí, una maestra encontró en el teatro una forma de prevenir el reclutamiento de menores y acompañar a niñas, niños y jóvenes que crecían en medio de la guerra.

Cuando le ofrecieron el traslado, Flor Cortés pidió cualquier lugar menos ese. “Por favor, otro lugar”, recuerda haber respondido. Llevaba más de dos décadas como maestra en Urabá y El Totumo le generaba resistencia: era el corregimiento de sus peores historias. Años atrás había intentado montar allí, con otros artistas, una “aldea del arte”; tuvieron que irse cuando mataron a los hijos de un compañero. Entre Apartadó y el mar había, además, un peaje paramilitar. La gente prefería no pasar por El Totumo.

Era 2009. Le dijeron que era tomarlo o dejarlo, y lo tomó. Lo que Flor no sabía era que ese lugar al que llegaba con repulsión terminaría marcándola más de lo que podía imaginar.

Lo que tampoco sabía era la historia profunda del lugar. En El Totumo había funcionado una escuela de entrenamiento de menores: niñas, niños y adolescentes reclutados por un bloque paramilitar recibían instrucción militar. Algunos de los adultos del pueblo habían sido esos niños. “Allá hubo un campo de entrenamiento de menores, y muchas personas conocen esa historia, la vivieron”, dice Flor. “Los adultos de hoy fueron los niños de esa vez”.

El testimonio de Flor coincide con registros judiciales de Justicia y Paz: en la sentencia contra Fredy Rendón Herrera, alias “El Alemán”, El Totumo aparece identificado como una de las escuelas de entrenamiento del Bloque Élmer Cárdenas de las AUC.

La historia de El Totumo hace parte de una herida mucho más amplia. La Comisión de la Verdad estimó que, entre 1990 y 2017, hasta 40.828 niñas, niños y adolescentes fueron reclutados en Colombia.

Flor Cortés, maestra fundadora de Teatro Opción de Vida en El Totumo, Necoclí
Flor Cortés llegó a El Totumo en 2009. Dirigió Teatro Opción de Vida.

Una herida que no se ve

Flor llegó como maestra y no tenía formación en teatro. Eligió esa herramienta porque le permitía conversar sobre lo que había pasado y lo que seguía pasando en el corregimiento. A la vez, quería resolver sus sentimientos negativos relacionados con El Totumo y admite: “Yo misma necesitaba perder el miedo”.

Lo que encontró en el corregimiento no se explicaba solo con la pobreza. Las heridas del conflicto eran más calladas. Notó familias que ya no sembraban ni cuidaban sus casas; niños que no comían bien, aunque había comida. Hijas e hijos de personas desplazadas que cargaban una huella que no habían vivido en carne propia. Niñas y niños que crecían sin una estructura familiar detrás, decidiendo solos si iban o no a la escuela.

Para Flor, esas ausencias también ayudaban a entender por qué la guerra podía seguir encontrando lugar entre los más jóvenes. Insiste en que “el reclutamiento en ningún momento se puede considerar voluntario”. A veces, dice, aparece atravesado por lealtades familiares: alguien toma las armas “porque su tío lo fue, porque su papá lo fue”, y hereda con ellas un mandato de venganza. Otras veces aparece ligado al hambre, a la promesa de una casa de material para la mamá, a cambio de que un hijo se vaya. Flor ha visto partir a varios tras esa promesa. “Todas esas promesas nunca se han cumplido”, dice. Algunos no volvieron.

Algo parecido a hacer telenovelas 

Cuando convocó al primer grupo de teatro, los niños desconfiaron. Le preguntaron cuánto tiempo se iba a quedar; para qué ilusionarse. Nunca habían visto teatro. Flor les dijo que era algo parecido a hacer telenovelas. Eso bastó para que llegaran en cantidad.

El proyecto se llamó Teatro Opción de Vida y empezó como una actividad escolar de uso del tiempo libre. Flor quería que el teatro fuera un lugar al que niñas, niños y jóvenes quisieran volver: un espacio para estar juntos, crear, viajar, estrenar una obra y sentirse parte de algo distinto a las ofertas de la guerra.

Montar una obra tomaba un año entero, así que nadie se iba antes de estrenarla. Presentarla significaba viajar fuera del Totumo, una meta cumplida. Y cada año había una camiseta nueva, de otro color. Esos objetos respondían a algo elemental en la adolescencia: la necesidad de pertenecer a algo, de tener una valía. En territorios donde la guerra ofreció pertenencia, dinero o venganza, crear otros lugares de reconocimiento también puede ser una forma de prevención.

Flor entendió la fuerza de esa pertenencia una noche de 31 de diciembre, cuando uno de sus estudiantes, de los más difíciles, la llamó llorando. Quería entregarle la camiseta del grupo. Iba a vengar a su primo. “Voy a ir a matar al que mató a mi primo”, le dijo. Flor respondió que se la recibía, pero al día siguiente, no esa noche. A la mañana siguiente el muchacho había cambiado de idea. “Ya no le voy a entregar la camiseta”, le dijo. No fue a matar.

Del mito a la denuncia

Jóvenes durante una presentación de Teatro Opción de Vida en El Totumo, Necoclí
Jóvenes de El Totumo en escena. Para muchos, el teatro fue una razón para quedarse.

Las primeras obras no hablaban de la guerra. Recogían los mitos del territorio, sus objetos, su belleza: un pilón iluminado por una luz cenital, las leyendas del lugar. Era una manera de devolverle valor a lo propio, de mostrarle a una comunidad lo bueno de sí misma. Ver esos símbolos en escena fue lo que acercó al público: la gente empezó a asistir y a querer al grupo.

Hablar de lo que dolía vino después, despacio. Con el Teatro Foro —una técnica participativa del Teatro del Oprimido— llevaron a escena lo que antes no se nombraba. Cuando un hombre adulto “eligió” a una niña del grupo antes de que cumpliera quince años, hicieron una obra con un payaso para hablar de lo que estaba pasando sin nombrarlo de frente. La consigna era sencilla y urgente: que no se llevaran a las niñas. Con la misma herramienta abordaron la falta de agua del corregimiento. Hoy el agua llega más limpia.

Varios de aquellos niños son hoy licenciados y maestros en artes escénicas, socios del centro cultural que Flor dirigió hasta este año. Aprendieron juntos. Ganaron premios de teatro sin haber visto teatro nunca. Con el tiempo, lo que empezó como una actividad escolar se volvió parte de la vida cultural de El Totumo.

Con los años, Flor entendió que prevenir no era dar discursos contra la guerra, sino construir razones para quedarse: una obra pendiente, una camiseta, un viaje, un grupo que espera, una escena donde la vida propia puede mirarse de otra manera.

Ya pensionada, Flor resume su apuesta sin grandilocuencia. Lo que retiene a un niño, dice, son “esas pequeñas cosas”: una escuela de fútbol, un lugar donde ir a cantar y a bailar. Algo que lo haga quedarse y pensárselo antes de irse. La casa de material, insiste, puede esperar: “Cuando yo sea grande y tenga otras oportunidades, puedo ir haciendo la casa de material a poquitos”. La prevención empieza ahí, en cultivar primero “el espíritu, el corazón, los vínculos”.

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