Desde 2018, vecinas de Urabá y Chocó acompañan a personas con duelos del conflicto armado en el Centro Integral de Escucha de Apartadó.


Rita María Córdoba Gamboa es psicóloga. Llegó al Centro Integral de Escucha en 2022, cumpliendo una práctica universitaria, y allí aprendió que cuatro o cinco horas escuchando a una mujer sin decir casi nada —sin diagnosticar, sin orientar, sin ser protagonista— podían aliviarla. «La escucha mía era muy superficial antes», recuerda.

El Centro Integral de Escucha (CIE) nació en 2018 en comunidades de Urabá y Chocó con pocos servicios de salud mental y muchos duelos producto del conflicto armado que las personas no han podido contar. Es una estrategia de la Pastoral Social de la Diócesis de Apartadó y hoy operan cuatro sedes en la región. Quienes lo sostienen son las Agentes Voluntarias de Escucha —AVEs—, vecinas formadas dentro de sus mismas comunidades.

Llegaron necesitando ser escuchadas

Yuceth Martínez recuerda el desconcierto del primer día de formación. «Cómo lo vamos a hacer si nosotras vamos dañadas, igual que la comunidad», se preguntó. Muchas de las AVEs también son víctimas del conflicto armado o de otras violencias.

Antes de empezar a acompañar a otras, las AVEs reciben formación: contención, rutas de atención a violencias, derechos humanos. Para muchas, ese paso les ayudó a sanar. «Fuimos entendiendo y fuimos sanando», dice Yuceth, que lleva dos años y medio en el centro. «Yo no tengo esos problemas que tenía antes. Lo que yo tenía ya lo sané, y lo puedo aportarle a otras.»

«La escucha también sana al que escucha», explica Eyudis Córdoba, AVE en Riosucio. Las AVEs y las personas que acompañan, dice, sanan al mismo tiempo: «Sanamos a la par.»

Pero esta tarea no es fácil: las AVEs viven en el mismo territorio donde pasaron las violencias que ahora escuchan. «Las situaciones y los conflictos nos han afectado también a nosotras», dice Eyudis. «Esa dualidad mueve sentimientos, mueve emociones, y se vuelve un poco complicado de poder escuchar sin que emocionalmente te sientas afectada.»

Eyudis Córdoba, Agente Voluntaria de Escucha del Centro Integral de Escucha en Riosucio, Chocó

«La escucha también sana al que escucha.»
— Eyudis Córdoba, AVE en Riosucio

Quienes llegan al CIE traen, casi siempre, duelos que llevan años cargando. «Casos específicos de personas con duelos de hace 18, 20 años», cuenta Rita, «porque no pudieron hablar, no tuvieron quien los acompañara.» Rita recuerda a una mujer que llegó a un evento grupal sobre violencia basada en género organizado por las AVEs. No hablaba con nadie, tenía la cara tensionada. «Luego de estar ahí con ella, hablando, hablando, hablando, ella pidió una cita conmigo», cuenta Rita. Más adelante, la mujer trajo a su hija al CIE. Al terminar el proceso, la hija le dijo a la madre: «Ahora entiendo por qué vienes acá.»

«Eso es lo que queremos», resume Rita: «que cuando las AVEs estén con la comunidad, ese sea el espacio propicio para que la gente pueda hablar y tener una vida diferente.»

El cuerpo, los silencios, el tinto

Fanny Escobar Hernández, AVE en Apartadó, describe lo que tiene preparado cuando atiende a personas de la comunidad: tinto caliente, aromática, agua, pañitos sobre la mesa. Si alguien entra en crisis, no se la toca sin pedir permiso. «Te puedo dar un abrazo o te puedo tomar la mano», pregunta primero.

«Tengo que tener esa paciencia para que ella hable», dice Fanny. Si quien llega quiere llorar, hay que dejarla llorar; si entra en crisis de risa, hay que dejarla reír. «Nosotros somos un espejo, estamos rotas», agrega. Y nunca se sabe del todo cómo viene la persona que llega: «No sabemos cuántos pedazos está vuelta esa persona que viene donde mí.»

La escucha también pasa por el cuerpo. Arleydi Casas, psicóloga y AVE en Riosucio, dice que se escuchan los silencios y los gestos. «Yo puedo decir una cosa de palabra, pero mi cuerpo puede estar expresando otra cosa», explica. Hoy sabe que una AVE tiene que aprender a observar y mirar la actitud de la persona mientras escucha. Y, sobre todo, no juzgar: «no venimos a juzgar, venimos a escuchar desde el corazón.»

Lo más difícil es no aconsejar, dice Luz Enoris. «Cuando empezamos a dar muchas orientaciones terminamos confundiendo a la gente.» Rita añade, desde la psicología: el poder de la escucha es estar presente, ser protagonista —dice— «pero en silencio».

Y cuando un caso supera lo que las AVEs pueden contener, lo pasan a una psicóloga del proyecto, como Rita y Arleydi, o a servicios oficiales.

Escuchar bien no es lo mismo que oír. Las AVEs aprenden a tener paciencia, a no aconsejar, a leer el cuerpo y los silencios. Y aprenden, al hacerlo, que también ellas sanan.

En Riosucio, una de las sedes del CIE, las AVEs componen alabados juntas. Cada una pone una palabra, una rima, un pedazo de historia, y entre todas le sacan música a lo que cargan. «Las canciones las componemos entre todas», cuenta Eyudis, «y cada quien dice ‘sería bueno que le pongamos esta palabra’ — y en esa palabra estamos soltando algo, en esa palabra hay sanación.»

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