Tres días, una pregunta, un taller de Otra Escuela en Bogotá.

Samuel Coronado pidió al grupo, de pie en círculo, cerrar los ojos y pensar en el rol de un líder. Con todos los ojos aún cerrados, anunció: «Voy a tocar la espalda de quienes muestren que son líderes.» Al abrir los ojos, les pidió señalar a las personas que creían tocadas. Todos apuntaron a las mismas. «¿Qué ven en ellas?», preguntó. La respuesta fue un inventario: tranquilidad, pecho arriba, mirada sostenida, presencia, firmeza en la postura. Entonces Samuel reveló: no había tocado a nadie.

El ejercicio formó parte de «Facilitación para la esperanza: herramientas para el cambio social», un taller de tres días organizado en abril de 2026 en Bogotá por Otra Escuela, organización colombiana que desde hace 26 años construye culturas de paz a través del arte y el juego. Llegaron 25 personas — educadoras, psicólogos, activistas, líderes comunitarias — con un oficio común: conducir grupos. Samuel Coronado, Mar Maiques y Diana Martínez facilitaron esos tres días alrededor de una pregunta: ¿por qué quienes facilitan sienten que deben controlarlo todo?

Soltar la imagen de la buena facilitación

«No tengo que anularme como facilitador. Cuando somos más auténticos, la gente lo percibe», dijo Samuel, formado en Teatro del Oprimido, la metodología teatral de Augusto Boal que busca que las y los espectadores se vuelvan protagonistas de la escena. Su propuesta partió del juego y la improvisación: en un ejercicio, alguien dijo «yo soy un tren» y otros cuerpos se sumaron a la escena sin instrucciones. No había plan. El grupo estaba creando junto, sin pasar por la cabeza.

«¿Por qué hay que controlarlo todo como facilitador? ¿Y qué estoy perdiendo si quiero controlar todo?», preguntó Samuel. Cerró su jornada nombrando a los responsables: los «policías en la cabeza», esas voces internas que dictan cómo debe comportarse quien facilita.

Las grietas de la desobediencia

Mar — que a los ocho años se negó a usar el uniforme escolar de chicas y nunca volvió a ponérselo — trabajó el segundo día desde la desobediencia cotidiana. Pidió al grupo que adoptara la postura corporal de quien obedece. Luego nombró las dos emociones que la sostienen: culpa y miedo. «Son bloqueos brutales», dijo. Detrás del «tengo que» de quien siente que debe saber todo, hay un sistema entero que enseñó a no cuestionar. Como lo describió Mar: «Todo el sistema educativo es a la domesticación, a la obediencia. Siéntate, copia.»

Mar no proponía una revolución. «La imagen es que la desobediencia debe ser frontal, pero no. Me puedo inventar un cuento, una historia para abrir una grieta», dijo. Una participante decidió que su desobediencia sería no conectarse a una reunión con su jefe. Mar celebró esa pequeña grieta. Citando a adrienne maree brown y su libro Emergent Strategy, repitió: «Small is good, small is all». La apuesta de brown es que los patrones se aprenden y se replican en la escala pequeña antes de llegar a transformar el conjunto. Una roca en el mar no se rompe de un día para otro: son años de agua.

Samuel lo había planteado como pregunta el primer día: «¿Hasta dónde puedo saltar al vacío como facilitador? ¿Dónde puedo arriesgar, dónde debo cuidarme?» Las grietas de Mar son una respuesta posible: no hace falta el salto completo, sino el primer paso.

  • No hay que saberlo todo. Podemos confiar en las personas que participan: ellas suman elementos al espacio.
  • Vivimos en un mundo que exige respuestas rápidas. Nos cargamos como facilitadoras y nos frustramos. Bajar las expectativas es parte del trabajo.
  • Motivar las preguntas importa más que tener las respuestas.
  • Estar presentes — no solo físicamente. Cuando estamos presentes, vemos lo que el grupo necesita. Las necesidades se ven en los cuerpos, se escuchan en las voces.
  • Improvisar. En la vida real lo hacemos todo el tiempo — ¿por qué ponernos límites al conducir un grupo?
  • Mostrarse vulnerable al frente de un grupo no resta autoridad: abre espacio.

El cuerpo como otra capa de información

Si facilitar no es controlar, ¿qué sostiene al grupo? Diana Martínez, formada en trabajo con el cuerpo dentro del sistema Río Abierto, respondió desde otro lugar: el cuerpo. Su taller partió de una idea: cada persona que facilita tiene un deseo íntimo que la mueve, un impulso que orienta sus decisiones y su manera de acompañar a un grupo. Hacerlo visible, propuso Diana, es parte del oficio. En un ejercicio de equilibrio en parejas, quienes participaron se sostuvieron mutuamente de los antebrazos y giraron hacia atrás. El principio era simple y físico: si una suelta, la otra se cae.

«La facilitación es un todo vivo. Es dinámico, no es fijo», dijo Diana. Para ella, el ejercicio de equilibrio planteaba la pregunta central: «¿Cómo usar la fuerza para poner límites, para acoger, para cocrear con un grupo?» Quién se contrae, quién ocupa espacio, dónde está la tensión: eso no pasa por las palabras, pero define lo que ocurre en un grupo. «El cuerpo tiene mucha información», dijo.

«Las necesidades se ven en los cuerpos, las voces. Cuando estamos presentes, vemos lo que el grupo está necesitando», resumió Samuel.

Lo que queda

Nadie habló de la facilitación perfecta. Al cierre, el grupo escribió frases colectivas. Una decía: «Yo soy responsable de facilitar el taller y no del 100% de los resultados, me paguen o no me paguen.» Otra: «El desequilibrio es el motor de la búsqueda del equilibrio.»

La última fue la más corta: «Confiar en tu fuego.»

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