¿Qué pasaría si una información que alguien ha guardado durante años pudiera ayudar a una familia a encontrar a su ser querido? ¿Qué ocurriría cuando una persona decide romper un silencio que ha estado marcado por el miedo?

Estas fueron algunas de las preguntas que me acompañaron durante el recorrido por la exposición La búsqueda, un lugar de encuentro, de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas, que estuvo en la Cinemateca hasta el 30 de agosto. La exposición parte de preguntas como estas para evidenciar cómo buscar también significa escuchar, conectar relatos y comprender que, a veces, hablar puede convertirse en una forma de aportar a la construcción de paz.

Uno de los primeros espacios del recorrido está lleno de parlantes que evocan diferentes épocas; hay radios de los años setenta y ochenta, walkie-talkies y otros dispositivos a los que es posible acercarse para escuchar una historia. De cada uno emerge un murmullo, un susurro. Son historias que muchas personas guardaron durante años por miedo a lo que podría ocurrir si decidían hablar.

En esos parlantes aparecen las voces de personas buscadoras, pero también las de quienes, a través de sus relatos, contribuyeron a sus búsquedas.

“Normalmente se dicen las mujeres buscadoras y también está bien, porque el grueso y el mayor número de personas que buscan a sus seres queridos desaparecidos en razón del conflicto armado son mujeres”, explica David Rodríguez Murillo, integrante de la Oficina Asesora de Comunicaciones y Prensa de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).

Madres, hijas, hermanas y esposas que, en muchas ocasiones, comenzaron a buscar cuando nadie más lo hacía. Mujeres que tuvieron que enfrentarse no solo a la ausencia, sino también a la dificultad de conseguir que alguien creyera en sus relatos.

Porque la desaparición tiene una particularidad: no siempre deja una evidencia visible. La pregunta por la desaparición ha sido también, muchas veces, una pregunta por la credibilidad de quienes buscan. Y es precisamente ahí donde la exposición comienza a contar otra historia.

David recuerda, además, que no es necesario esperar 72 horas para comenzar una búsqueda: existe un mecanismo de búsqueda urgente que permite activar acciones desde el momento de la desaparición.

Un lugar para que la gente hable

La Unidad de Búsqueda es una entidad estatal de carácter humanitario y extrajudicial que busca a personas dadas por desaparecidas en razón y contexto del conflicto armado. En su actualización más reciente registra 137.000 personas desaparecidas.

Para David, uno de los asuntos centrales de la búsqueda está relacionado con algo que hacemos todos los días: comunicarnos.

“Los puntos en los que los cuerpos se pueden encontrar en nuestro lugar son a través de algo que todo el día, todos los días y todas las personas hacemos: es comunicarnos, hablar, tener información, compartirla”.

Pero no se trata simplemente de compartir información. Se trata de preguntarnos para qué puede servir aquello que sabemos: eso que vimos, escuchamos o decidimos guardar durante años porque temíamos que contarlo pudiera traer consecuencias.

Cuando aparecen esas otras voces —las de quienes tenían información y finalmente decidieron entregarla— aparece una de las preguntas que atraviesa toda la exposición: ¿En qué momento compartir una verdad o un recuerdo contribuye a aliviar el sufrimiento de otra persona?

El silencio también tiene una historia

David contó una historia ocurrida durante una intervención en un cementerio de Caldas. Durante una semana, el equipo de la Unidad estuvo trabajando en la recuperación de cuerpos. Al finalizar, uno de los trabajadores que había acompañado el proceso se acercó a ellos.

Había comprendido que el trabajo de la Unidad era diferente. Entonces contó algo que había guardado durante su infancia: cuando era niño salía a jugar a un lugar cercano y encontraba huesos. Nunca había hablado de ello.

La razón estaba relacionada con lo que había ocurrido años atrás con otra persona de la vereda: “Él fue y contó y a la semana siguiente vino la fuerza policial y lo pusieron preso porque usted fue el que sabía, acá usted tenía información, usted es cómplice y demás”.

Durante años, aquel hombre había tenido información que podía ser útil para una búsqueda. Pero durante esos años también había tenido razones para temer las consecuencias de contarla.

Para David, historias como esta ayudan a comprender por qué el carácter humanitario, extrajudicial y confidencial de la búsqueda resulta tan importante. No se trata únicamente de encontrar información. Se trata también de crear las condiciones necesarias para que esa información pueda aparecer.

Y no solamente hablan personas ajenas a las desapariciones. En estos casos también hablan personas que tuvieron una participación directa en ellas. Allí aparece otra dimensión del silencio: el miedo de quienes saben que hablar puede tener consecuencias.

La exposición no presenta estos relatos como historias sencillas de buenos y malos, ni como caminos automáticos hacia el perdón. Lo que presenta son personas que, por diferentes razones, decidieron hablar.

Como José Heidy, un excombatiente que entregó información que permitió encontrar el cuerpo de Carlos Rúa.

“Él llega a un punto en el que él dice: ‘Hombre, yo también soy de acá y yo no sé en qué momento yo terminé haciéndole daño a mi propia gente. Yo creo que tengo que empezar a reparar’”.

Entonces la pregunta vuelve: ¿Cuánto tiempo podemos guardar un secreto cuando ese secreto puede ayudar a otra persona?

No todas las reparaciones se parecen

Uno de los mayores aciertos de la exposición es que no intenta construir una historia de reconciliación perfecta ni ofrecer un final feliz. Tampoco divide lo ocurrido entre negros y blancos. Hay matices. Hay grises.

Hay personas que entregan información porque quieren reparar. Hay familias que encuentran a sus seres queridos con vida. Otras reciben sus cuerpos después de décadas de búsqueda. Y también existen quienes, aunque agradecen la información, no pueden perdonar.

David describe un documental que fue una referencia importante para comenzar a construir esta exposición. Allí se cuenta la historia de una mujer que terminó estableciendo una relación cercana con una persona que había participado en la desaparición de su hijo. Pero también se cuenta la historia de otra mujer que, aunque agradece haber recibido información, dice que no puede perdonar fácilmente porque él le dañó la vida y desapareció a su hijo.

“Es para mostrar que esto no tiene una sola cara ni dos caras ni tres caras”.

Quizás sea precisamente esa complejidad —la imposibilidad de encontrar una única respuesta frente al dolor, el perdón o la reparación— la que también forma parte de la construcción de paz.

Los nombres detrás de la cifra

En otro punto del recorrido aparece Memorial Paisajes de la Ausencia, una pieza audiovisual que reúne los nombres de las 137.000 personas que conforman el universo de desaparición registrado por la Unidad.

David explica que existe una razón para hacerlo de esa manera: “Siempre las personas buscadoras dicen que nombrarles es hacerlos presente y evitar que se olviden”.

Por eso aparecen sus nombres. No únicamente números.

“Que sepamos que Mario Castaño existió, que sepamos que Maribel Serna Córdoba existió, que Maribel Soto Benavides existió”.

Algo que queda claro durante el recorrido es que la desaparición no termina necesariamente cuando una persona deja de estar físicamente. También existe la posibilidad de desaparecer de la memoria.

Por eso nombrar es una forma de presencia. Y esta exposición es también una manera de no olvidar.

Llevar la conversación donde nadie la está esperando

La exposición no quiere hablar únicamente con quienes ya conocen acerca de la desaparición forzada o las desapariciones relacionadas con el conflicto armado en Colombia. El reto es hablar con quienes piensan que la guerra está lejos: “Porque a veces la gente piensa que el conflicto está por allá lejos y a nadie le tocó. Pero realmente pasa”.

En una Feria de Manizales, por ejemplo, después de conversar con un grupo de personas sobre la desaparición, una de ellas se acercó: “Oiga, lo que pasa es que yo tengo un tío desaparecido. Yo no me sé la historia, pero yo siempre he escuchado a mi mamá decir: a mi hermano, que él se lo llevaron en su momento para tal lugar”.

Una conversación abrió entonces la posibilidad de comenzar a preguntar, reconstruir una historia y, tal vez, iniciar una búsqueda.

La guerra no es solamente una historia del pasado

La guerra puede parecer parte del pasado cuando se observa desde lejos. Para las familias que todavía buscan a sus seres queridos, sin embargo, no lo es.

“Que la gente sepa que esto no puede volver a pasar. Que esto fue una vaina horrible que nos afectó, que es una vaina horrible que infelizmente nos sigue afectando pero que no debería afectarnos más, que no debería volver a pasar”.

David lo plantea de una manera todavía más contundente: “Que no hay ningún escenario que justifique que alguien se desaparezca”.

No importa si era integrante de la Fuerza Pública, un líder social, un líder ambiental, un campesino o una persona perteneciente a un grupo armado.

“Nada justifica que te desaparezcan”.

¿Qué relato hace falta escuchar?

La exposición cierra con una mesa, hojas de papel y esferos. Después de escuchar las voces de quienes buscan, de quienes poseen información y de quienes participan en los procesos de búsqueda, aparece esta última invitación: ¿Qué historia, palabra o relato hace falta escuchar para que Colombia pueda empezar a sanar y construir paz?

Las personas pueden escribir su respuesta y depositarla en un buzón. Es una forma de soltar después de escuchar historias difíciles, pero también de reconocer que cada persona puede tener algo que aportar a esta conversación.

Porque la búsqueda no está solamente en quien finalmente encuentra. También está en quien recuerda. En quien pregunta. En quien escucha. En quien decide hablar. Y en quien comprende que una historia que parecía ajena puede estar mucho más cerca de lo que imaginaba.

Para las familias que siguen buscando, la guerra no es solamente una historia sobre lo que ocurrió. Por eso, hablar de desaparición significa también preguntarnos qué hacemos hoy con aquello que sabemos.

Porque, como plantea David al explicar el sentido de esta exposición, existen momentos en los que una verdad guardada durante años puede convertirse en una posibilidad de alivio para alguien más.

Tal vez construir paz también tenga que ver con eso: encontrar el momento en que una palabra deja de ser solamente un secreto y empieza a formar parte de la búsqueda.

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