El cuerpo lo sabe primero. Llega un mensaje de WhatsApp del trabajo a las diez de la noche. Algo se tensa. Se contesta igual.

Para Mar Maiques Díaz, politóloga de formación y facilitadora con casi veinte años trabajando en educación para la paz, ese instante —la incomodidad que se pasa por alto— no es trivial. Es el punto de partida de una pregunta que lleva años dándole vueltas: ¿por qué no desobedecemos más, si tantas cosas nos incomodan?

«Se nos cuelan muchas obediencias sin darnos cuenta», señala. No solo ante el Estado ni frente a las grandes estructuras de poder —aunque también—, sino algo más cotidiano: normas que seguimos sin cuestionarnos, aunque ninguna autoridad externa nos lo exija. «Aprendemos a obedecer desde que nacemos.» La escuela, la familia, la religión: todo forma parte de esa misma arquitectura.

El miedo y la soledad

«¿Por qué no desobedecemos más? Porque da miedo. Y da miedo también porque estamos muy, muy solos y solas.» Cuando la desobediencia se enfrenta en soledad, suele perder: «Yo sola, para que se me venga encima todo el sistema. ¿Paso, no?», dice, con una pregunta que muchas personas reconocerán.

Y el problema no es solo el miedo. Es lo que pasa antes: «La gente se queja, está incómoda, pero después lo hace.» La obediencia, dice Mar, adormece. «Hay una parte de la desobediencia que te activa, que te aviva.» Empezar por lo pequeño —las micro desobediencias, las incomodidades cotidianas que el cuerpo registra antes que la mente— es la forma de entrenar esa capacidad.

Un camino, no un salto

La desobediencia que propone no es un acto espontáneo ni heroico individual. Es, dice Mar, un camino. En estas semanas ha estado construyendo una metodología propia —que llama CAMÍ, camino en catalán— para recorrerlo: un arco que va desde hacer conscientes las obediencias que cargamos hasta intervenir en lo cotidiano con creatividad y conciencia. «La creatividad no es solo imaginar cómo podríamos ser diferentes. Hay que activar la imaginación y activar la acción.»

Pero ese recorrido no es igual para todas las personas. «No todo el mundo puede desobedecer igual. No todo el mundo sufrimos las mismas consecuencias por el mismo acto de desobediencia», agrega. Desobedecer con conciencia de quién puede hacerlo, en qué contexto y con qué costo, es parte central de su propuesta. «No es kamikaze, no es heroica.»

Hay muchas veces que tenemos que desobedecer para cuidar.

Mar Maiques

Desobedecer para cuidar

Una de las ideas que más trabaja es la que más contradice el sentido común. «Hay muchas veces que tenemos que desobedecer para cuidar», señala. No a pesar del cuidado, sino como forma de ejercerlo. El imaginario colectivo asocia desobedecer con descuidar, con ser mala. «Y es al revés.»

El cuerpo registra ese trayecto con intensidad. Desobedecer, en el proceso, es estresante —el miedo es real, las consecuencias sociales también: «Me van a retirar la palabra. Me van a echar del espacio.» Pero llegar al otro lado tiene otro registro: «La parada final del trayecto suele ser bastante liberadora. El cuerpo se relaja.»

Volver a sembrar

Mar regresa a Colombia por primera vez después de siete años. «Para mí ahora mismo es un sueño hecho realidad volver a Colombia a facilitar», cuenta. Lo hace para llevar a Bogotá el taller Desobediencia creativa: romper la norma, ensayar la esperanza, parte del ciclo Facilitación para la esperanza: herramientas para el cambio social, que reunirá en abril a un equipo de facilitadores.

En cada proceso formativo en que le tocó hacer el ejercicio de sembrar una semilla —lo que quería construir—, Mar siempre sembró lo mismo. Risa. Y desobediencia. 

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