Creer que nuestras emociones están aisladas de las decisiones que tomamos, de cómo actuamos y cómo aprendemos es un error frecuente. Pero ¿qué pasaría si aprender a reconocer y gestionar nuestras emociones fuera la clave para transformar conflictos y construir paz?

A muchos seguramente desde nuestros primeros años de escolaridad, nos hicieron aprender de memoria un sin fin de datos en un ambiente de enseñanza que dejaba poco espacio para la creatividad y la emoción.

Es entonces que crecimos con una percepción rígida, aburrida y poco divertida de lo que es aprender. Incluso se suele pensar que las emociones son una distracción que interfieren con los procesos mentales que nos permiten adquirir conocimiento.

Pero la investigación en neurociencia ha mostrado todo lo contrario: elementos como la curiosidad y la emoción son importantes a la hora de hacer que lo aprendido se traduzca en acciones.

Emociones y neuroconvivencia en el aprendizaje

¿Qué es la neuroconvivencia?

La neuroconvivencia explica cómo las reacciones de nuestro cerebro están vinculadas con nuestras emociones socio-afectivas, y cómo estas reacciones varían según nuestras experiencias culturales y sociales.

Básicamente nos permite entender la emocionalidad presente en nuestros procesos de aprendizaje, interacción y comportamiento; reconociendo la necesidad de ser conscientes de las emociones sociales y políticas.

La presencia de las emociones en los procesos cognitivos generan una experiencia mucho más consciente y coherente. Cuando la emocionalidad está presente, no solo se activa  la sorpresa de conocer algo nuevo, sino también la motivación de aplicar en conductas futuras ese aprendizaje, como lo expresa Francisco Mora, neurocientífico español y especialista en neuroeducación “la emoción es la energía que mueve el mundo. La cognición-emoción nos lleva a concebir que no hay razón sin emoción”. 

El término neuroconvivencia fue desarrollado en 2011 por la Corporación Otra Escuela en Colombia, en la construcción de paz en contextos de postconflicto. La propuesta integra hallazgos de la neurociencia sobre cómo las emociones afectan el aprendizaje con metodologías artísticas y educación para la paz.

La emoción es la energía que mueve el mundo. La cognición-emoción nos lleva a concebir que no hay razón sin emoción”.

— Francisco Mora, neurocientífico español

La neuroconvivencia y las culturas de paz

Dentro de la construcción de culturas de paz, la neuroconvivencia nos da herramientas para desaprender comportamientos violentos y buscar soluciones creativas a los conflictos. Aquí es importante aprender a conocer las emociones y cómo estas influyen en el comportamiento frente a una situación específica. 

Por ejemplo, cuando alguien nos grita, nuestro cerebro puede activar automáticamente una respuesta de ataque o huida. La neuroconvivencia nos enseña a reconocer esa emoción inicial (ira o miedo), procesar conscientemente, y elegir una respuesta que cuide la relación en lugar de escalar el conflicto.

Las metodologías de enseñanza aplicadas desde la neuroconvivencia, donde la creatividad, el juego, la diversión y el saber cómo estoy son parte fundamental, ayuda a las personas a reconocer y gestionar correctamente sus emociones dentro de un conflicto. Una vez identifico lo que estoy sintiendo, puedo buscar otras formas de abordar la situación. 

Emociones en el aprendizaje

Porque la paz no es solo un ideal que parece inalcanzable, es un proceso que requiere de una reflexión consciente en la que mi pensar y sentir son coherentes con mi accionar, como lo expresa Samuel Coronado facilitador de Otra Escuela, “no basta con pensar la paz desde teorías, ni sentirla solo como un anhelo abstracto. Significa unir la inteligencia de la razón con la sabiduría del corazón”.

En próximas entregas exploraremos cómo funciona nuestro cerebro ante los conflictos y qué herramientas concretas ofrece la neuroconvivencia para transformar nuestras relaciones.

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