
Durante cuatro días, del 8 al 11 de septiembre, vivimos el FesTO 2026, un encuentro alrededor del Teatro de las Personas Oprimidas que nos llevó por distintos escenarios, territorios, historias y preguntas. Bajo el lema “Del silencio al cuerpo, del cuerpo a la acción”, la tercera edición del Festival de las Personas Oprimidas reunió música, obras de teatro, talleres y conversatorios para poner en escena algunas de las realidades que atraviesan nuestros cuerpos y nuestras comunidades.
Fueron días en los que la escena se convirtió en un espacio para hablar de aquello que muchas veces permanece oculto: las violencias que se repiten dentro de las familias, los mandatos que aprendemos desde pequeños, las desapariciones que dejan ausencias, las memorias de territorios marcados por el conflicto, las desigualdades alrededor del cuidado y las distintas formas de discriminación.
Pero también fueron días para encontrarnos con otras posibilidades. Para preguntarnos qué podía hacer el teatro frente a las realidades que vivimos, qué ocurría cuando una metodología llegaba a un territorio y, sobre todo, qué podía pasar cuando dejábamos de ser espectadores para poner el cuerpo y participar en la transformación de aquello que estaba siendo representado.
Día 1: volvimos al FesTO
El primer día comenzó con la llegada de participantes y el registro de las personas que harían parte de las distintas actividades del festival. Poco a poco, el espacio se preparó para dar inicio a cuatro días de encuentros alrededor del teatro, el cuerpo y la acción.
La apertura estuvo acompañada por la música de Perros Sin Raza, una agrupación de Bosa, Bogotá, que ha hecho de la música un espacio de encuentro con su territorio y con las juventudes de la localidad. Su propuesta, que mezcla el folclor colombiano con el ska, el reggae y el rock en español, abrió el festival desde la música y nos recordó que las expresiones culturales también pueden ser formas de construir comunidad y fortalecer los vínculos con los territorios.
Después llegó uno de los primeros momentos colectivos del FesTO: el ritual de inicio “¡Volvimos al FesTO!”. Con él comenzamos oficialmente este encuentro y nos dispusimos a recorrer una programación que durante los siguientes días pondría el cuerpo en el centro.
La primera obra fue Algo va a Cambiar, de La Vaina, Colectivo Creativo, de Bogotá. La historia nos llevó a La Vaina Ltda., una empresa en la que cuatro empleados se enfrentaron a una reestructuración total. Lo que comenzó como rumores de pasillo terminó convirtiéndose en una disputa interna en la que aparecieron las tensiones, los miedos y los lados más oscuros de quienes habitaban ese espacio.
Desde una situación cotidiana, la obra abrió una mirada sobre las relaciones que construimos en los lugares de trabajo y sobre lo que puede aparecer cuando sentimos que nuestro lugar está en riesgo.
Así terminó el primer día: con el FesTO nuevamente en escena y con una pregunta que apenas comenzaba a recorrer el festival: ¿qué puede cambiar cuando aquello que vivimos deja de quedarse en silencio y encuentra un lugar para ser representado?
Día 2: ponerle cuerpo a las opresiones
El segundo día comenzó con los talleres simultáneos, espacios de encuentro y formación que acompañaron buena parte de la programación del festival.
En la tarde nos encontramos para conversar sobre el propio sentido del Teatro de las Personas Oprimidas en el presente. El conversatorio “Teatro para mover el presente: retos y potencias del Teatro de las Personas Oprimidas” reunió a Samuel Coronado, Diana Martínez y Ángela Sánchez para preguntarse por el lugar de esta metodología frente a las violencias, desigualdades y disputas sociales que atraviesan nuestras realidades.
La conversación puso sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿qué puede hacer el teatro frente a las coyunturas que vivimos?
El encuentro permitió pensar el Teatro de las Personas Oprimidas más allá de la representación. La escena también podía convertirse en un territorio para imaginar, cuestionar y transformar la realidad; un lugar donde las comunidades pudieran nombrar las opresiones, ponerlas en escena y ensayar otras posibilidades.
Después de esta conversación, la programación nos llevó a una cocina aparentemente cotidiana. Allí apareció Don Patriarcal, el monólogo de Trama Inversa, de Yopal, Casanare, interpretado por Isabella Patiño Latriglia.
En escena, una mujer se enfrentó a Don Patriarcal, esa presencia invisible que durante generaciones ha dictado cómo deben vivir, callar y resistir las mujeres. La obra nos llevó a reconocer cómo ciertos mandatos pueden instalarse en la vida cotidiana hasta parecer normales y abrió una pregunta sobre lo que ocurre cuando una mujer decide dejar de obedecer y romper el silencio.
Más tarde, el escenario cambió nuevamente. Mujeres Buscadoras El Tente, de Villavicencio, presentó ¿Dónde Están?, una obra atravesada por la desaparición de Camilo, hijo de María Luisa.
La historia puso en escena el dolor de una ausencia y, al mismo tiempo, la esperanza de conocer la verdad. María Luisa tuvo que enfrentarse a los prejuicios y a los miedos que aparecen alrededor de una desaparición, pero también a las voces internas y externas que acompañaban su búsqueda.
La segunda jornada terminó así entre preguntas sobre el patriarcado, las desapariciones y la búsqueda de verdad: distintas historias que, desde lugares diferentes, encontraron en el teatro una forma de hacer visible aquello que duele, incomoda y muchas veces permanece sin respuesta.
Día 3: reconocer lo que se repite para imaginar cómo transformarlo
El tercer día continuaron los talleres simultáneos y la programación escénica comenzó con Dejavú, de la Agrupación Cultural y Ambiental Luciérnagas, de Bogotá.
La obra abordó la violencia intrafamiliar como un ciclo que puede atravesar generaciones. A través de movimientos coreografiados, diálogos y el uso simbólico de las sillas, distintas facetas de una misma mujer pusieron cuerpo al miedo y a la opresión, pero también a la resistencia.
Dejavú nos llevó a mirar aquello que se repite. A reconocer que algunas violencias pueden convertirse en ciclos y que, para transformarlos, primero necesitamos poder identificarlos.
La obra también desplazó la mirada de lo individual hacia lo colectivo. La sororidad, el cuidado entre mujeres y la solidaridad aparecieron como posibilidades para romper esos ciclos y construir otras formas de relacionarnos.
Más tarde, el FesTO nos llevó de Bogotá a Cimitarra, Santander, a través de Mujer de Agua en Llamas, un monólogo de teatro físico y música en vivo de Teatro Vida, interpretado por Maira Alejandra Barragán Torres.
La obra atravesó las memorias de mujeres y territorios marcados por el conflicto armado. Desde el cuerpo y la música aparecieron preguntas alrededor de la violencia, la estigmatización, la memoria y la resistencia.
También nos recordó que hablar de los territorios implica hablar de las historias que los atraviesan y de las personas que han tenido que resistir aquello que busca deshumanizarlas.
Ese mismo día se realizó ELO, Espacios Libres de Odio, un taller liderado por la Defensoría del Pueblo. A través de herramientas del Teatro Imagen, los cuerpos permitieron reconocer situaciones cotidianas de discriminación, relaciones de poder y narrativas de odio.
La experiencia propuso algo más que identificar estas situaciones: construir colectivamente imágenes y alternativas que permitieran transformarlas.
La jornada cerró con Sin cuidado no hay vida, de Cuidadoras en Acción, una obra de Teatro-Foro que puso en el centro una pregunta que atraviesa nuestras vidas aunque muchas veces no la nombremos: ¿quién sostiene la vida y a qué costo?
La obra habló de los cuidados y de las personas que los realizan, principalmente mujeres, y puso en escena las desigualdades e injusticias que atraviesan estas labores.
Pero Sin cuidado no hay vida también cambió la relación entre quienes estaban en escena y quienes estaban mirando. En el Teatro-Foro, el público no está llamado únicamente a observar. Las personas pueden entrar en escena, intervenir las situaciones representadas y ensayar otras maneras de transformarlas.
Así, el cuidado dejó de aparecer como un asunto individual para convertirse en una pregunta colectiva: ¿qué tendría que cambiar para que cuidar la vida no significara cargarla en soledad?
Día 4: cuando el territorio entró en escena
El último día continuaron los talleres. Entre ellos estuvo “Encontrarnos en el goce: taller de juego desde el Teatro de las Personas Oprimidas”, que comenzó después de la culminación del taller Sentidos en Escena: cuerpos diversos, percepciones múltiples.
En la tarde, el territorio tomó nuevamente la palabra a través del conversatorio “Cuando el territorio entra en escena: Voces, experiencias y caminos del Teatro de las Personas Oprimidas”.
La conversación partió de una pregunta: ¿qué pasa con una metodología cuando sale del taller, viaja a los territorios y se encuentra con comunidades, conflictos, memorias y realidades concretas?
Las experiencias compartidas permitieron hablar de lo que significa llevar el Teatro de las Personas Oprimidas a las comunidades y convertirlo en una herramienta para abrir conversaciones, hacer visibles opresiones, fortalecer vínculos y ensayar posibilidades de transformación.
También aparecieron los retos de estos procesos: las adaptaciones que tuvieron que hacerse, aquello que fue necesario reinventar, las resistencias encontradas y las cosas que no funcionaron como se esperaba.
Pero, sobre todo, apareció el aprendizaje que ocurre cuando el teatro se encuentra con el territorio. Porque la metodología también se transforma cuando entra en diálogo con las realidades concretas de las comunidades, y los territorios dejan nuevas preguntas en quienes hacen parte de estos procesos.
Lo que heredamos y lo que decidimos transformar
La tarde continuó con El regalo, una obra del Colectivo de Masculinidades “Déjese Ver”, resultado del Laboratorio de Masculinidades Cuidadoras de Otra Escuela.
La historia se desarrolló alrededor de una familia y de aquello que muchas veces aprendemos desde pequeños sobre lo que significa ser un hombre: ser fuerte, proteger, hacerse cargo y no fallar.
El regalo puso en escena los mandatos, silencios y responsabilidades que pueden pasar de una generación a otra casi sin que nos demos cuenta.

Y nos dejó preguntas que también hicieron parte de las conversaciones del festival: ¿qué heredamos cuando nos enseñan a ser hombres? ¿Qué hacemos con aquello que nunca elegimos recibir?
La última obra del FesTO fue Derroteros, de la Fundación Colombian Dream.
Su protagonista, Jenifer, estaba marcada por la desaparición forzada de un ser querido. Su historia representó la de muchas mujeres que buscan, resisten y se niegan al olvido.
Entre recuerdos, pistas y escenarios cargados de poesía y dolor, Jenifer emprendió un viaje por la memoria que también la llevó a encontrarse con nuevas preguntas y heridas. Acompañada por Manchas, símbolo de lealtad y persistencia, descubrió que la búsqueda podía ser también un camino para recuperar su propia voz y reivindicar el derecho a la memoria y a la verdad.
Con Derroteros terminó la programación escénica del festival.
A las 9 de la noche llegó el cierre del FesTO, después de cuatro días en los que diferentes cuerpos, voces y territorios habían pasado por los escenarios de la Universidad Javeriana.
Del silencio al cuerpo, del cuerpo a la acción
Mirando el recorrido de estos cuatro días, el FesTO 2026 dejó una programación atravesada por preguntas que no tuvieron una única respuesta.
Hablamos de las violencias que pueden aparecer en una empresa, de los mandatos patriarcales, de las desapariciones y la búsqueda, de los ciclos de violencia intrafamiliar, de las memorias del conflicto armado, de la discriminación, del odio, de los cuidados y de las masculinidades.

Pero también hablamos de resistencia, memoria, verdad, solidaridad, sororidad, juego, cuidado y transformación.
Cada obra y cada espacio de conversación encontró una manera distinta de poner el cuerpo frente a esas preguntas. En algunos casos, el cuerpo apareció para representar una opresión; en otros, para reconocerla, cuestionarla o imaginar cómo transformarla.
Y allí estuvo una de las apuestas centrales del FesTO: no quedarnos solamente en mirar.
El Teatro de las Personas Oprimidas nos permitió encontrarnos con historias y realidades, pero también con la posibilidad de intervenirlas, de entrar en escena, de ensayar otras respuestas y de preguntarnos qué podemos hacer con aquello que vivimos.
Durante cuatro días pasamos del silencio al cuerpo y del cuerpo a la acción.
Y quizás ese fue uno de los principales aprendizajes que nos dejó este encuentro: que poner algo en escena no significa solamente mostrarlo. También puede ser una manera de nombrarlo, reconocerlo, cuestionarlo y empezar a imaginar que las cosas pueden ser de otra manera.
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