Un laboratorio de tres días marca el inicio de un proceso de 18 meses con lideresas de barrios de Bogotá
¿Cómo pueden las mujeres transformar patrones de cuidado que llevan generaciones? No es secreto que ellas sostienen hogares y trabajos remunerados simultáneamente, realizando una labor históricamente invisible, sin reconocimiento económico ni político. En octubre, esta pregunta resonó en dos escenarios: trece lideresas comunitarias de Bogotá la exploraron en un laboratorio organizado por Otra Escuela, mientras la Corte Constitucional reconoció por primera vez en Colombia que las personas cuidadoras tienen derecho a cuidar en condiciones dignas, no como carga familiar sino como derecho humano.
El ritual de los objetos
Trece mujeres forman un círculo en una sala del centro de Bogotá. En el medio hay objetos que cada una trajo: un espejo de bolsillo, un perfume, hierbas medicinales y flores. Una por una explican por qué los escogieron.
Quien sostiene el espejo explica su elección: «La primera persona que debe cuidarse es uno mismo. El espejo me recuerda verme cada día, darme ánimo y aceptarme como soy.» Otra participante habla mientras coloca romero y caléndula sobre la tela del piso: «Somos una cultura de madres solteras, madres heridas criando niños. Si nosotras mismas no nos damos amor, nadie nos lo va a dar. Tenemos que empezar por nosotras.»
El ritual revela quiénes son las mujeres reunidas. Sostienen organizaciones, proyectos educativos y económicos en sus territorios. Han tomado decisiones difíciles: dejar trabajos estables para cuidar a sus hijos, fundar organizaciones en momentos de crisis personal pero con ganas de salir adelante.
Se describen como resilientes y fuertes, pero reconocen el costo: crisis de salud, agotamiento, conflictos y desgaste en sus organizaciones. Algunas hablan de la normalización del dolor y la violencia, creer que es normal sufrir y simplemente seguir. Están aquí porque reconocen que necesitan aprender a cuidarse para seguir cuidando sin agotarse.
Este ritual de objetos abre el Laboratorio Raíces del Cuidado. Las participantes provienen de tres colectivos comunitarios de Bogotá que trabajan en barrios populares del suroriente: Pepaso, Sinfonía de Mujeres y Majakalu. Estos tres días de octubre son apenas la introducción de un proceso de 18 meses que trabaja desde cuatro dimensiones el cuidado.
Si nosotras mismas no nos damos amor, nadie nos lo va a dar. Tenemos que empezar por nosotras
Cuatro dimensiones del cuidado
Estas dimensiones están propuestas en «Cuidar para transformar», cartilla de investigación de Otra Escuela. El cuidado de sí busca reconocer emociones, necesidades y límites desde el propio cuerpo. El cuidado de la otra humaniza las relaciones y teje vínculos.
El cuidado colectivo propone convertir el cuidado en eje fundamental de las organizaciones, no solo para crisis sino como estructura permanente. El cuidado del territorio cierra el círculo: aborda el espacio físico, cultural y político donde viven estas mujeres.
Las facilitadoras Helena Ortiz y Lucero Garzón recorren estas dimensiones a través de juegos, ejercicios corporales, conversaciones y Teatro Imagen, técnica que permite representar situaciones con el cuerpo sin usar palabras. Cada práctica tiene una razón de ser: construir confianza entre desconocidas, sacar la tensión cotidiana, evidenciar lo invisible, trabajar la comunicación sin palabras.
Pedagogía desde el cuerpo
Ortiz y Garzón construyen la pedagogía desde el cuerpo. No hay charlas teóricas ni presentaciones. Son más de 20 ejercicios que trabajan desde el movimiento y la experiencia vivida.
El «Patio de Vecinas» funciona así: dos círculos concéntricos rotan. Cada mujer encuentra una vecina diferente en cada vuelta y comparten un olor que aman, su primer beso, un miedo, un sueño. Ortiz da una instrucción que genera alivio: si el primer beso fue traumático, pueden inventar algo. El permiso para inventar algo más ligero funciona como válvula de escape.
Otro ejercicio, «burbujas», lleva a una mujer al centro con ojos vendados. Suena música. Ella baila mientras las demás la sostienen, cuidan que no caiga. Una dice después que se siente «desestrezada», como si esto la hubiera sacado de la tensión constante.
Durante la cartografía del territorio, Ortiz pide que caminen mientras lanza preguntas: ¿Qué lugares son riesgosos? ¿Qué brota en mi territorio? Luego cada organización dibuja su entorno: montañas, ríos, sitios importantes. Identifican lugares que las sostienen y otros que generan preocupación, mirando el espacio desde la perspectiva del cuidado.
Las transformaciones del laboratorio
Más allá de los ejercicios, el laboratorio deja huellas visibles. La transformación es visible en las tarjetas que las participantes escriben cada día. «Es importante cuidarte, poner límites, escucharte y priorizarte», anota una. Otras identifican que cuidarse no es egoísmo: «La importancia de cuidarse uno mismo, para poder cuidar del otro».
Aprenden que el agotamiento no es una falla personal sino un patrón estructural compartido. En las conversaciones, hablan de cómo los hombres pueden salir de casa sin organizar el cuidado, mientras ellas siempre deben dejar todo listo. Y practican herramientas de comunicación: construir vínculo primero, separar hechos de juicios, ampliar el vocabulario emocional.
Trabajando en grupos, las tres organizaciones descubren que tienen mucho en común: vínculos desgastados, liderazgos sobrecargados, ausencia de gozo. Proponen estrategias concretas: reunirse mensualmente, definir roles claros, crear espacios donde puedan nombrar lo que duele. Las últimas tarjetas entrelazan lo personal con lo colectivo: «Quiero estar en una organización que me cuide y en donde pueda sentirme segura».

El laboratorio cierra con dos rituales. Primero, cada mujer hace dos movimientos corporales mostrando cómo llegó y cómo se va. Los primeros gestos son casi idénticos: cuerpos corriendo, prisa, confusión. Los segundos son radicalmente distintos: brazos abiertos, sonrisas amplias.
Luego forman un círculo para el ritual de gratitud. Una por una, cada mujer le dice a la siguiente: «Me llevo de ti…» Las frases brotan espontáneas: «Me llevo tu alegría, el compartir, las ganas de hacer cosas», «Me llevo esa capacidad que tienes de saber que es posible», «Me llevo que no te resignas a que la vida sea así».
Antes de despedirse, establecen fechas y compromisos concretos para los próximos talleres. Los 18 meses de trabajo conjunto comienzan ahora.
Gracias infinitas… 💚💚💚
Se afianzan las amistades
Se conocen mujeres maravillosas
Se comparten ideas
Se actúa en colectivo
Gracias por tu comentario. Es hermoso ver cómo el laboratorio está generando esos vínculos que mencionas.